martes, 16 de junio de 2015

NIÑOS, NIÑAS, ADOLESCENTES Y JOVENES EN LAS ESTRATEGIAS DE SEGURIDAD CIUDADANA



Asistimos a un momento importante, aunque desde distintos puntos de vista, dada la impostergable obligación social, política y democrática que tenemos de construir, con urgencia, una inteligencia penal, una inteligencia ejecutiva y una inteligencia pública, capaz de descubrir e incluir los conocimientos y acciones de la psicología de las informaciones y de las emociones que dan de si las actividades delictivas y criminales.

Celebramos seminarios, talleres, foros, paneles y conversatorios en los cuales almidonamos los discursos de despedida como si estos eventos fueran un fin en sí mismo.  Pues, sustituye la clausura de estos eventos el compromiso social, político, técnico y democrático, con este tema.  Olvidamos que este es solo la partida, nunca el lugar de llegada.

Sería formidable, si las autoridades o las instituciones que se dedican a la atención política de esta demanda objetivaran estos eventos, como si se tratasen de la demolición de un viejo edificio.  Donde dejamos atrás el duro trabajo de arquitectos, ingenieros, contables, albañiles, carpinteros.  Pero, que ahora lanzamos el proyecto de la construcción de un nuevo edificio con un expectante diseño.

Pensemos que el nuevo edificio diseñado estará dotado de una inteligencia penal, social y política adecuada a nuestro presente y futuro.  Esta inteligencia humana del sistema está obligada a orientar el comportamiento de la autoridad, y de los niños, niñas, adolescentes y jóvenes; aprovechando la información y la gestión de todas las emociones que producen las acciones de violencia, delincuencia y criminalidad.  Es esta visión la que nos permitirá descubrir las posibilidades científicas, políticas, sociales y personales.  Así, y solo así estaremos en condiciones de impulsar experiencias prodigiosas, como tender ese puente necesario que sirve para que las nociones científicas y técnicas más modernas, revivan las nociones más antiguas.

Quisiera recordar a Bertold Brecht cuando escribió: No me fiaría de un chofer que no pudiera conversar mientras conduce”. Llevaba toda la razón, puesto que un buen conductor debería haber automatizado la acción de conducir.  Pasa lo propio con las estrategias de seguridad, que deberían llevar consigo la razón directiva y la virtud.  Ambas cualidades se obtienen con el entrenamiento y la educación de los hábitos.

Hablemos de educar los hábitos sociales, políticos y democráticos de la autoridad, de la sociedad y de los ciudadanos.  Hablemos del entrenamiento democrático, político y social en valores éticos de la autoridad, de la sociedad y del ciudadano en el ejercicio de la autoridad, de la libertad y de los derechos y de los deberes.  Si es que deseamos que las Estrategias de Seguridad dirigidas a niños, niñas, adolescentes y jóvenes alcancen las metas que nos proponemos.

Diseñemos estas estrategias desde la oferta de Estado, de sociedad y de ciudadanía.  Nunca, como ha sido hasta ahora,  desde las necesidades del Estado, de las instituciones civiles y desde la de los organismos internacionales o del tercer sector, que llevan la urgencia de agotar presupuestos, donaciones o fondos de cooperación regional.

Aceptemos el desmantelamiento de la autoridad como categoría política, social, democrática y parental en nuestro país, como nuestra gran tarea.  Ya que sin la recuperación de esta autoridad categórica seguiremos debatiéndonos sin remedios entre dos enigmas o modelos sociales: La sociedad permisiva o la sociedad autoritaria.  La primera oferta libertad y derechos y la otra autoridad y deberes.

Definir estos dos modelos destacando exclusivamente sus aspectos negativos sería un grave error político, de nuestra parte.  Sería mejor darle visibilidad a los sistemas sociales invisibles, esos factores que siempre se expresan y se manifiestan a niveles inconscientes, que están determinados por las preferencias, las sensibilidades, los comportamientos, las creencias, las necesidades y los deseos.  Esos sistemas sobreviven por debajo de la piel social, política y económica  que todos vemos.   
    
Existen fracturas entre la autoridad y el sistema de libre mercado, entre los derechos humanos y la permisibilidad, entre la glorificación de la autoestima del niño, del adolescente o del joven y la autoridad del padre o de la madre.  Todas estas fracturas tienen unas bases culturales y antropológicas que son difíciles de olvidar o pasar por alto porque forman parte de nuestra idea de desarrollo y de nuestra personalidad cultural.

Argumentamos nuestro rechazo a la autoridad a partir de la personalidad social, política o parental que lo proclama, nunca por su contenido institucional.  Ni siquiera examinamos lo que significa una autoridad recibida y una autoridad merecida.  Considerar la autoridad recibida como la que resulta de la designación en el cargo.  La autoridad merecida aquella que surge de los conocimientos y destrezas necesarias en el desempeño del cargo recibido y la autoridad moral que se expresa en el compromiso y oficio al atender el interés y las necesidades superiores de los ciudadanos y la sociedad.

Formular una Estrategia de Seguridad para niños, niñas, adolescentes y jóvenes desde instituciones cuya autoridad se sustenta en una falsa legitimación, es lo que da paso a la crisis de autoridad en las instituciones, al rechazo del sentido o la razón del deber y de la obediencia a la ley o a las normas.  Por eso se desconoce la virtud de la obediencia y los derechos prevalecen sobre los deberes.

Caben pocas dudas de que el sistema penal tiene graves y severos problemas de autonomía política, democrática y social, lo que genera esta gran confusión con respecto a términos como igualdad y confusiones en el sentido de la tolerancia.  Cosa que podemos corroborar con el desmantelamiento de la autoridad parental, frente a la evolución de los derechos del niño, con el código del menor, o con el código que tiene que ver con los derechos del joven, cuyas aplicaciones, más que garantizar justicia, ponen en riesgo la creación de valores nobles de convivencia en las familias.

Necesitamos, con urgencia, una Estrategia de Seguridad para niños, niñas, adolescentes y jóvenes, pero pensada desde la capacidad de establecer vínculos nobles y beneficiosos con los demás.  Donde la inteligencia penal esté basada en la capacidad de amar, en la capacidad de colaborar.  Donde la inteligencia penal, la inteligencia pública o ejecutiva y la inteligencia social tengan una habitación propia, pero con la puerta abierta a quienes ocupan la habitación de al lado. ¿Dónde está la colaboración, la cooperación, el intercambio y la coordinación entre el Estado, la sociedad, las instituciones privadas y los ciudadanos?

Es una verdadera lástima el desenfoque estratégico, el desperdicio de recursos, la pérdida de tiempo, el despilfarro burocrático y menos precio por recibir ayuda técnica que manifiestan las autoridades gubernamentales, frente a los problemas de inseguridad.  Su sectarismo, su dogmatismo y sus prejuicios políticos les impiden valorar este enorme riesgo social, económico, político y democrático.

Desconocen el enorme riesgo que representa para la seguridad del Estado y de la propia sociedad la integración de niños, niñas, adolescentes y jóvenes en el mundo de la violencia, la delincuencia y la criminalidad organizada.  Pensar en estribillos o en anagramas, y convertirnos en activistas del lenguaje delictivo y criminal de nada nos sirve.   Glosar la frase de “Niños, niñas, adolescentes en conflicto con la ley, de nada nos sirve si es la autoridad pública, la social y la institucional la que actúa en conflicto con la ley.

Recuperar la autoridad es la tarea ardua que tenemos como Estado, como nación y como sociedad.  ES que la autoridad dimana de la libertad que cumple sus deberes políticos, democráticos, éticos, civiles y sociales, por tanto, de la libertad responsable y comprometida, porque conoce lo que hace y porque lo hace, Señores: Un Presidente, un Juez, un Senador, un Jefe de la Policía, un Ministro de Defensa, un Político, un Rector responsable es quien sabe homologar su libertad con sus deberes, y está en capacidad de responder por su comportamiento en todo momento, ya que la autoridad es la responsabilidad convertida en hábito, entrenamiento y virtud.   

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