Perdemos cada día, y con descaro, la ortodoxia democrática de ver al Estado como la máxima personificación del poder. Puesto que el poder, su ejercicio y sus límites son la esencia de la política. Olvidamos que es el poder quién acumula los recursos políticos del mando, las fuerzas armadas, la policía, la justicia, el congreso, el dinero público, las reglas democráticas, los nombramientos o cancelaciones y las contribuciones fiscales, entre otros.
Despiertan todos estos instrumentos de poder, codicia y miedo. Por eso es tan importante, en la democracia, consolidar los más eficaces procedimientos para gestionar el poder y definir los derechos y los deberes de los gobernantes, de sus allegados y de los ciudadanos. Porque con equilibrios democráticos a la deriva, como los que vivimos los dominicanos, el deseo de poder se justifica a sí mismo, con la legitimación carismática, por medio de evaluaciones fraudulentas, por ejemplo, con las encuestas.
Juega, el Presidente, con la complejidad de los controles de poder, cuando pide excusas por el fallo del Tribunal Constitucional. Apuesta a limitar el poder de ese tribunal al mismo tiempo que pretende fortificarlo. Pero olvida que la disciplina democrática le obliga a cumplir las decisiones de otros poderes; ya que carece de recursos constitucionales directos para vetar esa decisión.
Sugerir una concertación o un consenso para la aplicación democrática de una sentencia, o pedir excusas por el alcance o el impacto de este acto tal cual lo hiciera el Presidente, es una indisciplina y acto de insubordinación. Pero, sobre todo, un mal ejemplo político, cuando él mismo ha cuestionado, sin ninguna justificación, la debilidad del sistema de justicia.
Facilita, el Presidente, con este comportamiento servidumbres y locuras colectivas. Pero, también ficciones salvadoras monstruosas que el gobierno debería desactivar cuanto antes. Pedimos mucha cautela con el surgimiento del hombre-idea que sea al mismo tiempo el hombre-voluntad. Justifica, el Presidente, su comportamiento en ejemplos morales de estudiantes hijos de haitianos, y lo peligroso es basar sus opiniones en una legalidad natural.
Queremos reiterar que ninguna constitución ha fundado un poder político, ni ningún estado del mundo. Sino que la función de ella es dotar al poder o al Estado de una regla suprema ¡Señores! Entendamos, de una vez y por todas, que los dominicanos nos dimos unas constituciones previa, que vivimos informalmente como nación, ante, durante y después de la ocupación haitiana.
Eramos una nación con la reconquista y la proclama de Juan Sánchez Ramírez: “Pena de la vida al soldado que tocare retirada aún fuere yo mismo”. Con José Núñez de Cáceres y la independencia efímera. Una nación expresada en la Trinitaria de Juan Pablo Duarte, en 1838, diferenciada de la nación haitiana, más allá de las oscilaciones coloniales de España, Francia, Inglaterra, el Vaticano y los Estados Unidos.
Disponíamos, por tanto, de una soberanía previa con la cual pudimos construir un poder político y social constituyente, integrado por fuerzas comerciales, religiosas, militares y políticas tanto nacionales como extranjeras. Aunque ese poder constituyente se mantuvo fuera del Estado. Por estar libre de deudas políticas o sociales con él, adquirió legitimación y fortaleza para constituirse como tal. Aquí reside la gran paradoja de la convocatoria Trinitaria.
Resultó el poder político de los dominicanos de una decisión histórica, de gente que vivió junta por mucho tiempo, sin decidirlo, pero que un día, 27 de Febrero de 1844, decidieron hacerlo conscientemente como nación y como Estado. Queremos dejar constancia del riesgo y el desasosiego democrático, político y social que supone el afán de legitimación carismática del Presidente, con su indisciplina frente a la resolución dada por el Tribunal Constitucional, respecto a la garantía de nuestra nacionalidad.
Santo Domingo, D. N.
12 de Octubre, 2013.-
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