Miremos la familia y el hogar como un sistema de fuerzas, donde sus miembros directos e indirectos interaccionan entre sí. Pero lo hacen en un constante cambio de posiciones, encuentros y desencuentros circunstanciales, convenientes alianzas entre sus miembros y el afán por controlar el dominio y la obediencia. La clave está quien domina y quien obedece.
Queda claro que estas ecuaciones de poder, en la familia, es independiente, y nunca depende del género, sino de la persona que disponga del control sobre las posibilidades y las oportunidades de los miembros de la familia.
Consideren que este poder se manifiesta y se muestra en diferentes escenarios, tanto dentro como fuera del hogar. Se hace conflictivo, cuando los integrantes de la familia desconocen: cómo alcanzar las metas, los bienes o los valores que les permitan la ampliación de las posibilidades colectivas del grupo. Y esta misma conflictividad se desarrolla cuando quien domina, es incapaz de evitar un daño interno o externo a la familia.
Provoca esta conflictividad una tensión insoportable, y la incapacidad para negociar estos conflictos dentro de la familia, genera violencia entre los hijos, entre el padre y la medre, entre la madre con los hijos, entre los padres con los hijos, y alianzas entre la madre con los hijos o, del padres con los hijos, contra el padre o, contra la madre. Como pueden ver estas realidades están fuera del género, ni tiene que ver, mucho menos, tienen que ver con ser macho o ser hembra.
Apelamos, a menudo, a la Policía, al Ministerio Público, al Psicólogo o, al Terapeuta Familiar en ese desenfoque, de género, que abate y desbordan las posibilidades del Estado, de las organizaciones sociales y de las instituciones especializadas de la sociedad. Sin entender que la Policía y la Fiscalía ocupan el último lugar, en el orden de jerarquía donde deberíamos acudir.
Es la violencia familiar una demanda Política que genera la sociedad, por tanto, sus soluciones están en la misma saciedad que lo provoca.
Saquemos este asunto de la órbita del género, de la trampa retórica de lo machista o de lo feminista, si es que deseamos buscarle soluciones al problema. Concentremos las soluciones en el carácter o la personalidad de los individuos libres, quienes deciden, sentimentalmente, iniciar una relación amorosa de pareja.
Consideremos la relación de pareja como una relación de poder, en la cual uno domina y otro obedece, más allá del condicionante de género. Pues es esa relación la que determina la toxicidad de la relación familiar. Es el uso del poder directo y sin ningún discriminante sobre el otro, el que produce la conflictividad y la violencia del hombre o de la mujer.
Examináremos las motivaciones del macho o de la hembra violenta: Necesita controlar al otro, quiere estar seguro del control que tiene sobre el otro, y cada momento quiere reafirmar ese poder, hasta en las llamadas o conversaciones telefónicas. Considera la independencia o la autonomía de la pareja, como un riesgo o una pérdida de su poder.
Conocen los maltratadores y las maltratadoras sus limitaciones para, darle solución a estos conflictos. Entonces, producen el aislamiento de sus víctimas, le quitan todas sus redes de apoyos sociales, familiares y laborales. Porque así la hace dependiente de él o de ella, y vulnerable a sus ataques.
Convencen a sus víctimas y las manipulan, porque lo hace en nombre del amor que les tienen. Le acorrala y le persuade de que, sin él o ella, no tiene salida. Ha tal punto, que la víctima siente culpable y se abandona, debido a que su autoestima esta rota.
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